Clary suspiró por dentro y se sacó la estela del cinturón. Dudaba que existiera alguna runa de glamour que pudiera engañar a un Hermano Silencioso pero, quizá, si podía acercarse lo suficiente para marcarle una runa de sueño sobre la piel...
«Clary Fray.» La voz que sonó en su cabeza era divertida, y también conocida. No tenía sonido, pero Clary reconoció la forma de los pensamientos, igual que se puede reconocer a alguien por el modo en que ríe o respira.
— Hermano Zachariah — resignada, volvió a guardar la estela y se acercó a él, deseando que Isabelle se hubiera quedado con ella.
«Supongo que estás aquí para ver a Jonathan — dijo él alzando la cabeza de su postura de meditación. Su rostro seguía bajo las sombras de la capucha, aunque Clary le alcanzaba a ver el contorno anguloso del pómulo —. A pesar de las órdenes de la Hermandad.»
— Por favor, llámalo Jace. De otro modo resulta muy confuso.
«Jonathan es un buen nombre para un cazador de sombras; fue el primer nombre. Los Herondale siempre han mantenido los nombres en la familia...»
— No fue un Herondale quien le puso ese nombre — indicó Clary —. Aunque tiene una daga de su padre. Pone S.W.H. en la hoja.
«Stephen William Herondale.»
Clary dio otro paso hacia la puerta, y hacia Zachariah.
— Sabes mucho de los Herondale — comentó —. Y de todos los Hermanos Silenciosos, pareces el más humano. La mayoría de ellos no muestran ninguna emoción. Son como estatuas. Pero tú pareces sentir las cosas. Recuerdas tu vida.
«Ser un Hermano Silencioso es mi vida, Clary Fray. Pero si te refieres a mi vida antes de la Hermandad, es cierto.»
Clary respiró hondo.
— ¿Alguna vez estuviste enamorado? ¿Antes de la Hermandad? ¿Hubo alguna vez alguien por quien habrías muerto?
Sobrevino un largo silencio.
«Dos personas — contestó el hermano Zachariah finalmente —. Son recuerdos que el tiempo no borra, Clarissa. Pregunta a tu amigo Magnus Bane, si no me crees. La eternidad no hace que se olvide la pérdida, sólo la hace soportable.»

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