Un 19 de febrero de hace 15 años me diagnosticaron diabetes. Por aquel entonces tenía 7 años y 7 meses.
No voy a decir que estos 15 años han sido un camino de rositas y todo muy fácil; he tenido glicemias horripilatens, glicosiladas aún peores, y la cosa no se arreglaba.
Hace 11 meses — y después de más de dos años esperando — al fin me pusieron una microinfusora (o vulgarmente conocida como bomba de insulina). La cosa ha cambiado muchísimo en tan poco tiempo que la llevo puesta; los controles son mucho mejores que antes — cosa que no quita que algún día tenga controles raros, altos e inexplicables — pero la calidad de vida me ha mejorado muchísimo. Al principio era reacia a ponerme esa máquina, pensar que tener que depender de ella iba a ser un infierno; pero no. Es más, a veces incluso llego a olvidarme de mi enfermedad.
Al principio, cuando me diagnosticaron la diabetes, me enfadé, y me pregunté "¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué a mí y no a otra persona?" Pero, ¿sabéis? Una vez, de camino al cole junto a mi madre y mi hermana, vimos a una niña que tenía problemas para caminar, y mi madre me dijo: "¿Ves a esa niña? Lo suyo no se puede ocultar. Ella tiene un problema peor que el tuyo, y por mucho que pase el tiempo seguirá con esa minusvalía. Tú sabes que eres diabética y que tienes esa enfermedad, pero si no se lo dices a nadie, ellos nunca sabrán que estás enferma, ¿a que sí? Piensa que te podría haber tocado algo peor..." Y la verdad que ver a aquella niña (yo por entonces tendría unos 8 años) y las palabras de mi madre me hicieron pensar en lo que tenía.
Y sí, podría ser tener algo peor de lo que tengo. Pero hay días en los que todo se te hace un mundo y a veces te da rabia tener lo que tienes. En fin, un parrafote para decir que hace 15 años que soy diabética.
Y ahora, si me disculpan, voy a tomarme la pastillita y a tomarme un pastel de 8 pisos con chocolate... Es broma.

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